Nueva vida
He vuelto a nacer.
Había oído que mucha gente mencionaba la experiencia. Pero ahora la comparto.
Tras una arriesgada y larga operación en la que me jugaba la vida y/o mi integridad física y/o mental, he salido.
Recuerdo mi vida anterior a la operación. Peto la recuerdo como si fuese algo ajeno a mí, como si fuese la vida que hubiese vivido otra persona, como si fuese simplemente una película que hubiese visto o un sueño que hubiera tenido.
He salido. Y no sé qué vendrá en esta 'nueva vida', en la que me siento como un cervatillo que todavía no sabe andar bien. Es como si me hubiesen enviado a Siberia por largo tiempo y ahora retomase el contacto con la realidad, que ahora resulta extraña y amenazante.
No sé qué ocurrió con mi mente durante la operación. Estuve 'apagada' con una anestesia general durante 10 horas que duró la operación. Esas 10 horas parecieron una vida. Sumadas a los narcóticos posteriores.
Me aconsejaron que, antes de la anestesia, tuviera en la cabeza una imagen de mi 'lugar feliz', de un momento feliz o simplemente una canción bonita. Quien me lo aconsejó fue una enfermera que decía que, si hacías eso, te dormías con una buena sensación y soñabas con ella mientras estabas con la anestesia. Afirmaba que lo tenía comprobado a lo largo de sus años de quirófano.
Le hice caso. Me entraron en el quirófano, una sala congelada, con una luz abrumadora y abarrotada de personas que iban a participar de un modo u otro en mi operación. Un regimiento. Me entró el pánico porque llegaba el momento de 'apagarme' y no sabía si luego iban a poder 'reiniciarme'.
Vinieron tres ¿anestesistas? a ponerme una mascarilla 'para practicar' y me comentaron entre risas tras las mascarillas que por ahí pondrían la anestesia, pero que todavía quedaba un rato de preparación, que me avisarían. No era cierto. Luego, al despertar, caí en que la anestesia ya estaba entrando en mi sistema por vía sanguínea, a través de la vía que tenía en mi mano. Mientras me hablaban de frivolidades, sus voces empezaron a sonar más lejanas, más amortiguadas, menos claras, más enredadas... Veía luces, siluetas distorsionadas, sombras..., como si estuviera en una nave espacial y me estuvieran abduciendo. Como si el personal que estaba en el quirófano fuesen seres de luz etéreos. Como si flotase...
A partir de ahí, en mi mente hay un gran agujero negro. Un gran apagón. Profundo, oscuro, silencioso. No recuerdo haber escuchado nada ni soñado nada. Estuve realmente 'desconectada'. Tal vez, llegué a 'no estar'. Eso nunca lo sabré.
Tras lo que parecieron siglos de total desconexión del mundo, empecé a escuchar sonidos distantes incomprensibles, pero una gran paz. Como si tuviera encima toneladas de peso que me hundieran en el oscuro mar nocturno, pero con una gran sensación de paz. No había miedo. Había distancia y profundidad. No sabía cómo salir de esa sima, cómo nadar hacia la superficie.
Intenté seguir las voces. Las voces me llevaron a la luz. Seguía sin entender lo que decían, pero se acercaban. Agotada y sedienta como nunca, mareada, llegué hasta las voces. Sentía mi cuerpo paralizado, pero había llegado a la superficie. No sabía cuántas horas, días, semanas, meses o años habían pasado. No reconocía a las personas que me rodeaban.
Intenté mover los dedos de los pies y de las manos, para comprobar que todavía podía hacerlo, que la operación no me hubiera afectado a la movilidad. Parecía el cuerpo de un extraño, un maniquí. Pero respondía.
Vi la cara de mi padre. Estaba 'en casa'. ¿O estaba soñando? ¿O estábamos los dos en el Más Allá? Intenté hablar para comprobar qué ocurría, pero no había voz. Por más que intentaba articular sonidos, no me oía. Luego supe que era porque todavía no me habían retirado el tubo respirador, grueso como una tubería, duro como el acero. Pero en ese momento no lo sabía y me asusté. ¿Había salido algo mal en la operación y me había quedado muda?
Escuché a mi padre hablarme y no entendía lo que decía, como si me hablase en un idioma desconocido. Pero sonreía. 'Estamos los dos muertos y nos hemos encontrado en el Más Allá', pensé. Y me di cuenta de que, si eso era así, estaba donde quería estar y con quien quería estar. Me invadió una gran paz y un sopor irrefrenable y todo volvió a quedar negro.
Cuando desperté, nuevamente no sabía ni dónde estaba, ni qué día era, ni si estaba aquí o Allí. Estaba oscuro, se escuchaban leves sonidos de movimiento a lo lejos y no había nadie cerca. Vi pasar unas sombras un par de veces, a cierta distancia, y las llamé. '¿Hola? Por favor...'. Bueno, no me había quedado muda; eso me tranquilizó. No sabía si estaba viva o muerta, pero no estaba muda. Eso era muy importante. Hablar, hablar mucho, siempre ha sido lo mío...
En medio de la oscuridad casi absoluta, apareció Andrés, el Enfermero que estaba de guardia en la Unidad de Cuidados Intensivos, y que fue un ángel para mí. '¿Puedes venir? ¿Qué hora es? ¿Qué día es?'. Tuvo mucha paciencia. Comprobó que tenía sensibilidad y movimiento en las extremidades. En ese momento empecé a decir cosas absurdas. Parloteaba y ni yo misma entendía lo que estaba diciendo. Quería no perder la voz, comprobar que no había perdido funcionalidades... Andrés me aguantó con una paciencia y dulzura que no habría esperado jamás en un sanitario en una UCI. '¡Vaya viaje te han dado la morfina y todos los calmantes! Son las 5 de la mañana y me vas a despertar a todo el personal.', se cachondeó. Hay que estar hecho de una pasta especial para tener paciencia y sentido del humor a las cinco de la mañana.
'Necesito levantarme, me aburro, quedan muchas horas hasta que la gente se despierte. ¿Qué voy a hacer todo ese rato?'. De repente estaba muy despejada, como si hubiese dormido ya lo suficiente para los siguientes 20 años, y la idea de seguir durmiendo unas horas más era inconcebible para mí. '¿Te puedes quedar un rato conmigo?'. Se quedó un rato, hablamos de su país, de lo diferente que es el nuestro, de que a él le gustaba más vivir en un pueblo que en la gran ciudad... Me dijo que, en un rato, posiblemente podría darme un trago de agua al menos. Me alegré. Y, de repente, volví a hundirme en la oscuridad y ya nunca más vi ni escuché a Andrés. No sé ni si fue real. No sé si existió Andrés, si fue un sueño o una alucinación de mi mente. Pero, para mí, fue un ángel de luz que me acompañó en medio del silencio, de la oscuridad y de mi delirio opioide.
Cuando desperté un par de horas después, ya había algo de luz y se escuchaba cierto movimiento. Me encontraba como una rosa, preparada incluso para levantarme de la cama e irme del hospital. Obviamente era una euforia producida por la medicación. El dolor intenso, la larga recuperación, la incomodidad máxima, la inquietud, el cansancio extremo... vinieron después. Han sido meses de lenta recuperación, unos días (que se hicieron eternos) en el hospital y luego en casa.
Todavía sigo en ese camino a la recuperación, pero ya con un buen trecho recorrido. Se va viendo cierta luz al final del túnel. Mi vida anterior parece un recuerdo más irreal que los delirios que tuve con la anestesia y tras despertar de la operación. Creo que es positivo.
Tengo ratos en los que viene el pensamiento sobrecogedor de 'he pasado por una intervención en la que me he jugado la vida'. El terror me posee y me paraliza. En otros momentos, me viene una 'crisis de emotividad' y lloro sin saber por qué: por el alivio; por el recuerdo de todo el dolor, miedo y angustia que he pasado; por la incertidumbre sobre el futuro... Incluso en otros me sobreviene una sensación de 'euforia del superviviente' y tengo unos momentos de incredulidad por haber tenido la suerte de 'escaparme'.
En esta montaña rusa que seguramente se deba a un estrés post-traumático en el que nadie puede comprenderte si no ha pasado por algo similar y en la que la Sanidad te deja abandonado, sin ningún apoyo psicológico, con todas esas emociones desbordándote, una cosa tengo clara: he vuelto a nacer. No soy ni seré jamás la misma. Por la cicatriz, claro está. Pero tampoco podré volver nunca a ser la misma por dentro. Cuando alguien ha vivido una guerra, ha escuchado el sonido atronador de las bombas, ha olido la muerte y la descomposición, ha visto lo dantesco de la destrucción y de las vidas segadas, ha sentido un terror sobrehumano... ya nunca vuelve a ser el mismo.
Algo cambia para siempre por dentro. Quien escapa de la muerte nunca llega a creerse del todo que lo ha logrado. Uno no esquiva dos veces a la Parca. Así, en esta nueva vida sé que no habrá nueva oportunidad de engañarla, cuando tenga que venir a por mí.
Esta partida es la decisiva.
Comentarios
Publicar un comentario